
Buenas. Ahí en la interné está bien subido el libro "Cyberia" de Douglas Rushkoff, que es un escritor gringo cuya obra versa en la tecnología, los medios, y la cultura pop. Está bien-bien el asunto. Muy interesante, pero muy loco. Aquí va el línk.
Según lo que leí, Douglas Rushkoff está muy bien aterrizado en el análisis del discurso de la generación de hoy. Sabe lo que la contracultura está aportando a lo que él entiende por el ‘cyberespacio’. En Cyberia menciona cómo las drogas, las manifestaciones estéticas, la meditación espiritual, al igual que un mecanismo cibernético, no contemplan límites: ni de tiempo, distancia, o corporales. No existen los límites. Y esa carencia, es una realidad momentánea que su tesis hace que no podamos negar que es real.
Hablando de la “Cyberia” como un sitio, Rushkoff busca ampliar nuestras percepciones para adjudicarle sitios no necesariamente físicos. Más bien éteres: la imaginación del hombre de negocios cuando habla por sus teléfonos; el recinto donde reside el viaje astral del chamán; la percepción sensorial de un individuo en ácidos durante un rave (réib); el conjunto de las enseñanzas místicas de cualquier religión; los linderos de cualquier ciencia; y hasta la infinitud de la imaginación humana.
En cuanto a lo que esta Cyberia representa en las artes, y en particular a la música, con toda su configuración estética, Rushkoff habla de la obra de Brian Eno, uno de los embajadores de la llamada ciber-música. Y es que la obra de Eno se inclina por generar un ambiente, crear las atmósferas del sonido. Es aquí donde surge la idea de que en la Cyberia, el artista está más allá de su profundidad, pierde el control de sí mismo para transportarse a un éter donde es incorpóreo, pero donde sí es real. Es como un holograma: el todo, la base, se mantiene inmóvil, mientras que son las texturas las que se alteran para generar el movimiento sensorial.
En fin, la música en la Cyberia se trata de quebrantar ciertas estructuras que antes se consideraban intocables, para explorar esos patrones rítmicos que le dan a la música su efecto liberador sobre el ser humano, dándole el pasaporte para discurrir en el mundo cibernético, en esa alucinación colectiva que está muy cerca de ser real.
Cháu.